19 de diciembre de 2009

La inseguridad, la educación y la actualidad de la disputa Sepúlveda – Las Casas

“Lo que a la gente le preocupa es el tema de la inseguridad”, rezan los medios de comunicación ante cada bache de noticias en el último medio siglo. Ante esto, la política responde, en cada campaña electoral, diciendo que el foco hay que ponerlo en la educación porque la educación es la condición para el trabajo. ¿Es éste un discurso sólo de estos tiempos? Al revisar la historia, y en especial la de nuestras tierras, podríamos decir que no; que, por ejemplo, la disputa del siglo XVI entre Sepúlveda y Las Casas también puso el foco en lo educativo. Si bien el término “inseguridad” debiéramos traducirlo por “necesidad de fortalecimiento de poder”, lo que nos importa aquí es que en ambos casos existe la necesidad de construir una otredad sumisa y es en este nudo donde encuentro la actualidad de aquella disputa.


Cuando en el siglo V d.C. San Agustín estaba escribiendo la Ciudad de Dios y veía por la ventana la invasión de los bárbaros, estaba ante la caída del Imperio Romano de Occidente. Sin embargo el problema no era la cristianización de éstos, sino la pérdida de la unidad política imperial que terminó provocando que la iglesia católica, incipiente, añorara un imperio cristianizado. ¿Por qué? Porque la iglesia católica armó sus diócesis sobre la estructura de este imperio y, con la caída, la estructura eclesiástica era lo único que había quedado haciendo pié en un terreno desordenado de reinos separados. Es en este contexto donde comienza a circular la idea del imperio político como brazo armado de la iglesia, idea que cristalizó en el siglo VIII un autor español llamado Isidoro de Sevilla al elaborar una concepción ministerial del poder político donde decía que la función del poder político es la defensa de la iglesia: conseguir por medio de la espada lo que los sacerdotes no pueden conseguir por medio de la prédica. Esta concepción fue la que imperó en la política medieval.


Aquí aparece otro tema fundamental: el surgimiento del Islam con una difusión muy rápida que, en el siglo VIII, ya está tratando de avanzar sobre Francia. El Papado vio el peligro que esta situación significaba e insistió en la unidad política de Europa, es decir, la unidad política como condición de posibilidad para la unidad de la religión, porque en este contexto con la prédica sola no alcanzaba. Era urgente contar con un brazo armado que dependiera de la Iglesia, porque un brazo armado que no estuviera bajo el control de la iglesia era visto como altamente peligroso. De esta época, inmediatamente anterior a la coronación de Carlomagno, es de donde data la llamada leyenda de San Silvestre. Esta leyenda se remonta a la época de Constantino y funda lo que se conoce en la edad media como la Donación de Constantino. Es una falsificación histórica que recién se conoció como falsa en el Renacimiento, pero que durante toda la edad media se la había tomado como cierta.


Se cuenta, en la leyenda de San Silvestre, que Constantino se había enfermado gravemente de una especie de lepra y que ninguno de los médicos del reino lo habían podido curar y que entonces, desesperado por la enfermedad que tenía, mandó a llamar al Papa Silvestre y éste oró a Dios y Dios curó a Constantino y que, como agradecimiento de esto, Constantino le regaló al Papa el Imperio Romano de Oriente y de Occidente y que el Papa le devolvió a Constantino la corona del Imperio Romano de Oriente y conservó la de Occidente. Entonces vemos que el Papa se queda con la corona de Occidente pero como no puede ejercitar los dos poderes a la vez, porque ya ejercer el poder espiritual es bastante oneroso, se inventa lo que se llama el Sacro Imperio Romano de Occidente, y el Papa corona a Carlomagno en el año 800 como emperador de un Imperio que, como acabamos de ver, no existe.


Así fue, entonces, cómo se justificó que el Papa pueda coronar a un emperador, porque esto antes no existía. De otra manera el Papa no hubiera podido coronarlo nunca, pues no tenía ninguna autoridad para hacerlo. A partir de aquí, teniendo como objetivo inmediato luchar contra el peligro musulmán, comienza a tener “vigencia” una legitimación de la iglesia como árbitro de las cuestiones legales y la coronación de un emperador pasó a ser un sacramento, como también lo son el matrimonio, la comunión, etc.


Esta introducción nos permite abordar con una densidad más concreta lo que significa que Isabel y Fernando hayan sido los “Reyes Católicos”. Estas dos palabras condensan en un único poder a lo político y a lo religioso, poder que permitió reducir a la impotencia a los musulmanes en 1491, lograr una consolidación interior y reforzar la autoridad real que, de este modo, quedaba asegurada. Es con este capital cultural de poder que se “descubre” América, descubrimiento que, en sí mismo, entraña la subjetividad de convertir la otredad en un objeto conquistado. España se lee a sí misma como un sujeto histórico activo que sale a la búsqueda y en esa búsqueda encuentra, no aquello que precisamente buscaba, sino algo mucho más grande: todo un territorio lleno de posibles riquezas, riquezas que el reino de España necesitaba. Podríamos pensar que Dios le dio a España lo que necesitaba y España lo aceptó porque nada de Dios podría ser negado. A cambio, los españoles llevarían la palabra de Dios a estas nuevas tierras, porque sólo ellos las tienen. Ya desde este “encuentro” vemos como la subjetividad española construye a dos sujetos: los españoles, que son los que tienen, y los indios, que son los que no tienen; unos poseen un ser que “es más”, los otros un ser que “es menos”; un sujeto que tiene que “dar” y otro sujeto que tiene que “recibir”. Desde la subjetividad española esto es indiscutible, no es materia de problematización, es legítimo -aunque esta legitimación es, como ya vimos con la Leyenda de San Silvestre, el resultado de una falsificación histórica-.


Sin embargo hay una cuestión que sí se problematiza: el método. ¿Por qué? Porque hubo una voz, la del Fray Antonio de Montesinos, que en un sermón pronunció un contundente reproche a los fieles españoles: “Esta voz dice que todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes”. El rey Fernando amonestó a Montesinos pero, a su vez, convocó a una junta de juristas y teólogos para examinar la disputa con mayor profundidad. Como dijimos antes, el derecho sobre las nuevas tierras no se puso en cuestión, sino el método con que se ejercía ese derecho para con los indios de América. Es en este marco donde tiene lugar la disputa Sepúlveda – Las Casas. El primero, era un jurista y teólogo que jamás había pisado América; el segundo, un sacerdote que, habiendo estado en América, pudo ver el trabajo salvaje al que estaban sometidos los indios, una especie de esclavitud encubierta.


Sepúlveda, sosteniéndose en la autoridad de Aristóteles, argumentó que había gentes que eran “esclavos por naturaleza” y que era válido considerar una inferioridad innata que las condenaba a servir a otros seres superiores. Es interesante observar que la inferioridad innata era observada por Sepúlveda en cuestiones culturales como los sacrificios humanos, la antropofagia, la pederastia, la idolatría, etc. Vemos aquí, cómo una cuestión cultural es tratada como una cuestión innata; si bien esta mirada es anacrónica ya que en ese momento no estaban discutidas estas categorías, lo interesante es destacar que este ideario aún tiene vigencia desde ciertas perspectivas políticas. Volviendo a la disputa, estas expresiones culturales eran, para Sepúlveda, una muestra de comportamiento salvaje y, por lo tanto, era una responsabilidad de los cristianos redimirlos de esa barbarie utilizando la fuerza, si es necesario. Recordemos que esta pronunciación de Sepúlveda carece de observación directa de lo que acontecía en América y éste era, además, un patriota nacionalista. En cambio, Las Casas sí había presenciado las consecuencias que esa utilización de la fuerza tenía en las gentes de nuestras tierras y, por lo tanto, buscaba una práctica menos violenta para con ellos. ¿Cuál fue su lectura? Desde un enfoque que hoy podríamos entender desde una antropología cultural estructuralista, Las Casas intentó leer las prácticas religiosas de los indios mediante un paralelismo partiendo de que el dios de los indios, aunque no es el “verdadero” Dios, es considerado por los indios como tal, por lo tanto todo lo que ellos hagan para adorar a su dios debe ser interpretado como un sentimiento religioso universal. El foco aquí no está puesto en castigar las prácticas, sino en “enseñar” cuál es el verdadero Dios y cuáles son las prácticas qué éste verdadero Dios desea y, por lo tanto, dado que desean adorar a Dios correctamente, lo harán, una vez que las aprendan, con las prácticas “verdaderas”. Este modo de observar la cuestión no es nueva en el cristianismo, también se encuentra en Hechos de los Apóstoles 17 cuando Pablo encuentra en Atenas que entre todos los altares a los distintos dioses había uno que era para “El Dios no conocido” y entonces él dice que ése es el Dios que él viene a predicar. El sentido del altar era que era el altar de los dioses de otras ciudades que no eran conocidos por los griegos, pero nunca se dejaba de lado al dios local, sino que estaba allí porque si un extranjero llegaba a la ciudad y no contaba con un altar para rendirle culto a su Dios, esto podía llegar a ser una provocación política. Pablo no sabía esto, pero se valió de él para su estrategia de prédica que finalmente dio resultado porque su Dios prometía algo que no prometían los otros dioses: la vida eterna.


Retomando la cuestión de este texto, vemos que desde una u otra postura, la de Sepúlveda o la de Las Casas, el sujeto dominador es quien construye al sujeto dominado. Pero esta construcción, se materialice con violencia o con persuasión, necesita asimilar al otro -al dominado, al descubierto, al que hay que oprimir- a su propia unidimensión (Marcuse). No construye una nueva dimensión, un nuevo sentido, sino que busca un lugar para que la otredad se transforme en una mismidad constituida por distintos niveles jerárquicos. No hace falta un esfuerzo desmedido para detectar quién ocupa cada nivel. Ni en aquella época ni en la actual. Más allá de los divorcios políticos entre continentes y más acá de los sincretismos religiosos que aún hoy siguen vigentes, esta relación ha constituido una herencia que, capitalismo mediante, se traduce en la división de clase en la que unos “son más” a costa del “ser menos” (Freire) de otros, que son los mismos de siempre. Desde esta clave de lectura, es fácil ver que los sujetos que “son más” son quienes dicen el “ser menos” de los instituidos como “menos”. Sólo es capital cultural aquél que es de quien “es más” y es de lo que carece aquel que “es menos”. Pero estos que “son menos”, pueden lograr “ser más” si, educación mediante, logran “tener más” de aquello que tienen los que “son más”. En aquellos tiempos, mediante la cristianización y el trabajo; ahora, mediante el consumismo y el trabajo. Ambos en ese orden. Porque antes para “ser” había que ser cristiano y el cristiano trabaja para la causa; ahora para “ser” hay que tener y para lograrlo hay que trabajar. Pero sucede que el objetivo es tener. Tener y tenerlo en esta tierra, en esta vida, en esta inmanencia. Ya no tiene vigencia la promesa de la vida eterna y el problema es “querer ser” “teniendo” sin trabajar. Y aquí estamos frente al problema de la inseguridad de quienes “son más” porque “tienen más” y al “tener más” son quienes están más propensos a perder ese más que tienen. Y entonces, desde aquí se puede entender por qué un discurso político que utiliza como estrategia contra la inseguridad a la educación, logra ganar elecciones y cuesta tanto que lo haga un discurso que convoca a distribuir la riqueza. ¿Por qué? Porque distribuir la riqueza es también sacarle más a los que tienen más y aquí queda claro que siempre se trata de una cuestión de poder, nunca de humanidad. La cuestión no se dirime en mejorar las condiciones materiales de existencia de quienes tienen menos o no tienen absolutamente nada. No. Ante esto se propone un plan de asistencialismo, esa generosidad que es tan falsa como la Leyenda de San Silvestre, porque es tan sólo perpetuar el poder de arrojar la moneda en una mano enseñada a extenderse. Pero a veces la mano se hace puño y a ese puño se le teme y entonces, otra vez, se buscan estrategias educativas para enseñar los valores y objetivos de los que “tienen más”, como haría Las Casas, o se baja la edad de imputabilidad, como haría Sepúlveda.